Reseña: Ese verano a oscuras, de Mariana Enríquez

Una niña asesinada, cuyo cuerpo cuelga en la ventana de su edificio; su madre, quizá en un acto menos morboso por parte del asesino, solo echada en la cama… rellena de puñaladas, muerta. Esta escena corresponde a Ese verano a oscuras, reciente novela corta de Mariana Enríquez.

            Un texto poderoso en suspenso, con ribetes de terror gótico, protagonizado por una adolescente a fines de los años 80, en una Argentina eclipsada por los continuos apagones y la hiperinflación. A través de ella (cuyo nombre no se rebela) y Virginia, su mejor  amiga, somos testigos del clima opaco y desolador que rodea a su entorno: una sociedad dividida entre el miedo y la parcialidad discreta hacia un poder sin rostro dentro del texto (característica propia de lo Kafkiano), que se verá reflejado tanto en los padres de la protagonista como en otros personajes secundarios.

            En este clima sombrío, ambas jóvenes se abocan a la lectura de un libro acerca de famosos asesinos seriales, sin sospechar que más adelante serán testigos de un hecho en extremo similar.

            Esa noche, yo saqué el tema en la cena a la luz de las velas, sobre el puré de papas y un churrasco demasiado cocido. “No hay asesinos seriales en la Argentina”, dijo mi padre y se sirvió vino. “Salvo que cuentes a los generales”, dijo mi madre.

            El libro cuenta con ilustraciones de la artista plástica Helia Toledo, cuya sobriedad y encanto tétrico refuerzan la atmósfera presentada por Enríquez. De prosa desnuda y directa, considero el mayor acierto del libro la concisa ambientación y descripción del contexto, lo cual transmite al lector la sensación de encontrarse en un lugar donde algo macabro puede ocurrirle en todo momento y donde lo atroz corroe en colectivo el alma humana, pues, si bien la protagonista es solo testigo de una muerte, nos trasmite aquello con una frase de cierre magistral:

            “No podemos seguir viviendo cerca de la pared donde Clarita colgó durante una hora; Clarita agitada por el viento como una piñata; pronto, también, empezaríamos a escuchar en sueño los golpes de su cara, húmedos, golpes contra su propia sangre y los restos de su nariz y su mentón y sus labios, sangre y carne que decoraban nuestro edificio y que los bomberos no había podido quitar del todo, y tampoco la lluvia, porque todos sabemos que las manchas de sangre son las más difíciles de limpiar, incluso cuando ya no es posible verlas.”

              A leerlo.

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